La número tres

Si cada vez que aquellos dementes ecologistas nos advertían este desastre les hubiésemos prestado oído; si antes de estallar a carcajadas cuando predecían este presente como un futuro posible en ese entonces, si hubiésemos escuchado, hoy tal vez las cosas serían diferentes. No hay dudas de eso.

En el año 2045, a 100 años de finalizada la espantosa y bizarra Segunda Guerra Mundial, se desencadenó la tercera, llamada “La Número Tres”: tres veces más atroz, tres veces más dolorosa, tres veces más destructiva.

Pero no fue causada por ideas anarquistas, ni diferencias de raza o color. Tampoco estuvo arraigada a principios religiosos, culturales o sociales, ni siquiera económicos. La Número Tres no discriminaba a países ricos ni pobres, libres ni esclavos, centrales o periféricos. En La Número Tres todos los países dejaron hasta lo último que tenían en las trincheras.

No se buscaba controlar los últimos pozos de agua dulce, no (ese problema había sido resuelto por un científico austriaco por medio de una desalinización del agua del mar, separando las partículas de sodio mediante una especie de decantación computarizada).

En La Número Tres se disputaba el derecho al aire puro.

Bombas atómicas lanzadas al azar como avioncitos de papel en una tarde de primavera, destruían ciudades y campos; países enteros acabaron en la ruina, las principales capitales del mundo como Paris, Berlín, Ámsterdam, Washington y Londres quedaron bajo los escombros.

La ONU, la OMS y el Banco Mundial desaparecieron, entregando la situación a la espontanea desesperación de los aturdidos líderes de las naciones.

Sólo quedó funcionando “La Fábrica”. Fue lo único inmune a las armas de destrucción masiva.

Ahora la situación se está calmando pero quedaron cifras desconcertantes. De los 9 billones de habitantes que había en 2040, justo antes de que comience La Número Tres, quedaron 70 millones de personas en el mundo concentradas en sólo un punto del planeta. Lógicamente es el lugar donde se encuentra La Fábrica, la fábrica de aire puro.

En la República Democrática del Congo se encuentra hoy el 96% de la población mundial, comprendida mayormente por africanos y dos pequeñas fracciones de latinos y asiáticos. Mi amigo Cho Meng, un coreano con mucho talento, encontró la forma de devolver el aire puro a la atmósfera, usando el mismo aire contaminado filtrándolo por una especie de pulmón gigante artificial.

Acá estamos, comenzando de nuevo, sin el viejo continente pisoteando nuestro desarrollo y sin Estados unidos entrometiéndose en asuntos ajenos. Ellos ya no existen. Son parte de un mundo olvidado y dejado atrás; pertenecen a la vieja historia de la civilización.

La Número Tres depuró el planeta. Lo que quedó de la guerra fue lo más salvaje. La selección natural se hizo cargo de elegir a los sobrevivientes, los de raza fuerte, los de ideas firmes, los hijos de la tierra.

Hoy, primero de Enero de 2100, comienza un nuevo siglo, el siglo 22, recordar y reflexionar es lo que queda por hacer.

Ojalá esta vez, lo hagamos mejor.

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